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Recuerdo para Susana Soca

Juan Carlos Onetti

En un principio era un fantasma lejano – los hay demasiado próximos – que gastaba sus millones en París dándose el gusto de editar una revista llamada “La Licorne” en la que colaboraron los más destacados escritores, en aquella época, de Francia.

Otro obsceno pájaro nocturno

Juan Carlos Onetti

Cierta fosca medianoche mientras luchaba con el insomnio a brazo partido, pero sin fracturas, oí un repiqueteo en el cristal de mi ventana.Me declaré durmiente vencido y espié; bajo la lluvia o garúa un gran pájaro de presa interrumpía los picotazos para repetir: "Ore, ore, ore...". No demoré más de un minuto en reconocerlo y abrir del todo la ventana.

Para Destouches, para Céline

Juan Carlos Onetti

En un tiempo –y buenos tiempos eran aquellos- tuvimos un amigo, el mejor recordable, con el que tropezamos sin método aquí y en Baires. Era pobre, casi de profesión, casi menesteroso. Tal vez exagerara: no usaba camisa, prefería las alpargatas. Estaba, exigencias de la edad, descubriendo el mundo. Se encontró entre otras cosas, con Viaje al fin de la noche, novela de un tal Dr. Destouches, médico de barrio en París, que prefería firmarse Luis Ferdinando Céline.

Prohibido rasgar

Juan Carlos Onetti

En el villorrio en que nací y fui malcriado por exceso de cariño se publicaba un periódico semanal. Se llamana El Censor, lo que me obliga a recordar que existieron en este mundo censores obligados por cuestión de hambre y otros por también condicionado congénito espíritu de oferta.

Augusto Roa Bastos, uno de los más grandes del castellano.

Juan Carlos Onetti

Hace unos pocos años una amiga que estaba viviendo en Francia me visitó para pedirme mi adhesión a un acto de homenaje a Carlos Gardel que se iba a celeberar en Toulouse, lugar de nacimiento del cantor. Le contesté que estaba completamente de acuerdo, pero que no olvidaran que allí mismo, en Toulouse, estaba viviendo, y muy pobremente, uno de los más grandes escritores en idioma castellano, aventado por el exilio y con pasaporte español, cuyo nombre era Augusto Roa Bastos.

Infidencias sobre Torres-García

Juan Carlos Onetti

Son varias y no todas las que recuerdo. Para empeorar, infidencias en relación a un muerto —muy querido en mi caso— que, como es hábito, no puede refutar ni defenderse.
Pero sé muy bien que don Joaquín Torres-García, que no está en ningún lado, se encuentra pintando y maldiciendo, siempre sonriente en el fondo, en algún círculo que Dante olvidó para refugio de santos y profetas.

Horacio Quiroga: Hijo y padre de la selva

Juan Carlos Onetti

La única vez que vi a Quiroga in corpore fue en una esquina de Buenos Aires. Lo había leído tanto, sabía tanto de él, que me resultó imposible no reconocerlo con su barba, su expresión adusta, casi belicosa. Su pedido silencioso de que lo dejaran en paz ya que el destino no lo había hecho.

Un jinete muy bienvenido

Juan Carlos Onetti

Hace un par de años envié al Ministerio de Cultura mi lista de tres candidatos para el Premio Cervantes. Siempre creí que las votaciones estaban amparadas por el secreto y que no se hacía público quién votó a quién. Aunque quizá resultara a la vez lastimoso y divertido que no existiera en este caso el secreto del voto.

Incursiones en Faulkner

Juan Carlos Onetti

Hace tiempo y allá lejos pude mantenerme vivo durante un año haciendo traducciones. Durante 12 meses tuve techo y alimento. Pero nada más. Debo considerar también la felicidad de no tener que cumplir un horario, salvo los que yo mismo me marcaba y muy raras veces cumplía.

Confesiones de un lector "de 2.00 a 2.15 p.m".

Juan Carlos Onetti

Mi primer encuentro con Faulkner fue peripatético. Este comienzo que parece prometedor de estremecimientos no es más que la imagen, el recuerdo de un pequeño accidente, de una casualidad.
Una tarde, al salir de la oficina donde trabajaba pasé por una librería y compré el último número de Sur, revista fundada y mantenida por Victoria Ocampo. Creo que el nombre le fue sugerido por Ortega y Gasset.

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