Juan Carlos Onetti: El astillero

Hugo Acevedo

La aventura humana suele ser, a menudo, una experiencia tortuosa, cargada de angustias, depresiones y sueños fracturados por los paisajes de una realidad cada vez más despiadada. La vida es, en efecto, una batalla perdida, porque el desenlace de ese periplo biológico es siempre la muerte.
Como otras expresiones del arte, la literatura siempre ha explorado los laberintos más complejos y asfixiantes del alma humana, esos territorios habitados por nuestros fantasmas más temidos.
El extinto escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, fallecido hace ya nueve años en su exilio español, fue ciertamente un fiel intérprete de las emociones humanas jaqueadas por un mundo decadente que se está desmoronando.
El tema unificador de su obra es la progresiva e irreversible descomposición de la sociedad contemporánea y la imposibilidad de encontrar una respuesta adecuada a los cada vez más profundos abismos existenciales.
Onetti tuvo, según confesó en reiteradas oportunidades a sus íntimos, una infancia feliz. Se casó por primera vez a los veinte años de edad y, como otros colegas uruguayos, sintió prematuramente la convocatoria de la fascinante y otrora resplandeciente Buenos Aires, donde se radicó durante un tiempo.
En 1939, el inolvidable narrador compatriota dio a luz su primera novela corta, "El pozo" que - con el tiempo - se transformó en un auténtico libro de cabecera para toda una generación de apasionados jóvenes, donde el autor ya insinúa una visión del mundo oscura y despojada.
Onetti fue fundador del desaparecido pero no menos emblemático semanario "Marcha", una auténtica tribuna libertaria de periodismo comprometido con su tiempo histórico. El escritor dirigió la página cultural de dicha publicación hasta 1941.
Por entonces, el destino le indujo a cruzar nuevamente el río hacia la vecina orilla, donde publicó una columna que sugestivamente bautizó "alacranes literarios". Allí fustigaba una literatura que consideraba vacía, obsoleta y en vías de extinción.
Durante su estadía en Buenos Aires, que se prolongó hasta 1955, el excepcional creador uruguayo escribió algunas obras que aún hoy son consideradas referentes de su producción literaria: "Tierra de nadie" (1941), que presenta nuevamente el depresivo y pesimista paisaje urbano, "Para esta noche" (1943) y "La vida breve" (1950), que es, sin dudas, el texto fundacional de la saga dedicada al legendario paraje de Santa María.
Esta es una novela de quiebre y ruptura, un punto de inflexión que traza un antes y un después en la carrera del célebre escritor.
Aunque es claro que desde "El pozo" la escritura de Onetti ya estaba poblada de sentimientos de incomunicación, soledades y culpas, es quizás "La vida breve" la que afirma todas esas pulsiones emocionales.
Santa María fue el mundo paralelo creado por el autor --un espacio geográfico humano y emocional inidentificado-- que fue superponiéndose paulatinamente al mundo real, siempre gobernado por los "indiferentes morales" a los que alude recurrentemente en su desafiante discurso literario.
Desencantadamente, Onetti manifestaba indiferencia por su injusta postergación en concursos y premios literarios y aseguraba: "mi reino no es de este mundo".
En 1974, las fauces del autoritarismo se cerraron sobre el narrador, que fue detenido y acusado de "promover la pornografía", por haber integrado el jurado de un concurso de cuentos organizado por "Marcha", que fue censurado por la falsa moral del oficialismo dictatorial.
Ese bochornoso episodio le convocó a reflexionar en torno a su futuro. Las alternativas eran claras: soportar el agravio de permanecer en su país moralmente humillado por los usurpadores o emprender el camino del exilio forzoso.
Se inició entonces para el escritor la lacerante experiencia de la diáspora y el desarraigo. Como otros intelectuales deportados por la prepotencia, ya no sería profeta en su tierra natal.
España --donde ya despuntaba la democracia luego de la prolongada noche autoritaria-- lo acogió como un hijo pródigo. Incluso, en 1980 le fue concedido el prestigioso premio Cervantes, que coadyuvó en forma determinante al creciente de su prestigio.
Juan Carlos Onetti --a quien en 1985 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura en nuestro país-- pasó los últimos años de su vida en voluntaria reclusión, dedicado a su entrañable pasión y al verdadero propósito de su existencia: la escritura.
El autoconfinamiento del narrador fue severo, al punto que terminó limitado físicamente al perímetro de su cama, donde creaba y reflexionaba febrilmente. La muerte le sorprendió en 1994, en su por entonces voluntario exilio español.
Dueño absoluto de un mundo paralelo que pobló de personajes dotados de entrañable humanidad a los cuales procuró exorcizar contra la angustia, Onetti nos legó algunas de las mejores novelas y cuentos de la literatura castellana.
De su vasta producción novelística cabe destacar, particularmente, "El pozo", "Tierra de nadie", "Para esta noche", "La vida breve", "Los adioses", "Para una tumba sin nombre", "El astillero", "Juntacadáveres", "Dejemos hablar al viento" y "Cuando ya no importe". A ello se suma, naturalmente, su vital aporte en el género del cuento y la publicación de numerosas antologías narrativas.
Inaugurando la denominada Biblioteca Juan Carlos Onetti, la editorial Alfaguara reeditó "El astillero" (1961), uno de los títulos capitales de la obra de este descollante creador, que integra la saga literaria de Santa María.
Obra maestra de Onetti, esta novela - publicada originalmente hace más de cuarenta años - conserva la vigencia y perdurabilidad de los clásicos, porque condensa un conjunto de emociones tan intemporales como inespaciales.
El personaje central del relato es un exiliado, que regresa al mítico paraje de Santa María luego de cinco años de ausencia, tras ser expulsado en "La vida breve". Esta es una de las tantas criaturas de ficción que - como otras - aparece y reaparece en varios de los paisajes literarios Onettianos.
La anécdota, que es apenas la superficie de los revulsivos fantasmas interiores que se agitan en el subterráneo universo emocional de los humanos, está construida sobre escasos pero elocuentes cimientos argumentales.
El regreso de Larsen a una ciudad- comarca no deseada es una suerte de desafío, en el que se pone a prueba a sí mismo. Las primeras imágenes transmiten al lector el reencuentro con los escenarios geográficos y humanos del pasado, una atmósfera de aguda depresión y un sentimiento de explícito desencanto.
El protagonista es consciente que esta es su última oportunidad de reconstruir su desgarrada identidad individual, que asume - naturalmente - como una suerte de epopeya existencial.
Más allá de la elocuente descripción de los territorios sórdidos y opresivos transitados por la pluma del escritor, los propios diálogos que se suceden en torno al personaje construyen un paisaje de frustraciones colectivas que caen como lápidas, por una crisis subyacente que se critica a voces pero nadie describe minuciosamente.
En ese contexto, Larsen se traslada a Puerto Astillero, donde es contratado para hacerse cargo de la gerencia general del astillero del arruinado empresario Jeremías Petrus, un demente que se aferra a la utopía de reabrir la fundida empresa sobre cuyos escasos bienes sobrevivientes pesa una irreversible hipoteca.
Juan Carlos Onetti apela a su vitriólico humor negro para describir una situación tan insólita como delirante, cuando imagina una fábrica paralizada, abandonada y paulatinamente canivalizada con tres gerentes en funciones, aunque sin personal operativo.
La ironía asume naturalmente extremos surrealistas, cuando el flamante gerente general, Juan Larsen, proclama sus presuntas aspiraciones salariales. Naturalmente, jamás cobra un peso.
El alienante ritual se reitera cotidianamente: Larsen, junto a sus colaboradores Gávez y Kuntz - ambos "gerentes" de la nada como él - comparten los espacios físicos de la derruida estructura física del astillero.
Todo agoniza en ese edificio de perfiles arquitectónicos fantasmales, de ventanas sin vidrios como vacías cuencas oculares, techos agujereados y derruidos por la herrumbre, muebles apolillados con una intensa pestilencia a humedad e invadido por una incontenible maleza que amenaza con colonizarlo.
Es clara la metáfora del fracaso y la depresión que formula explícitamente el novelista, expresada mediante el parangón entre el deterioro de la abandonada construcción y la enajenación mental de los personajes.
El escenario de devastación elocuentemente sugerido por el autor se traslada también a la casa del delirante Jeremías Petrus, una construcción semiabandonada, con un jardín poblado por esculturas desgastadas e igualmente cubierto por la vegetación.
Más allá de la mera superficie geográfica que emula a un mausoleo por el olor a muerte, la verdadera historia corre por dentro y está construida de silencios, fracasos, dolores y desconfianzas.
El relato es un inventario de calamidades, de una conciencia solitaria que, al regresar a la odiada Santa María, busca obsesivamente las desaparecidas huellas de su perdida identidad y el imposible propósito de una vida sin sentido.
El protagonista es un hombre viejo - más por dentro que por fuera- gastado y agobiado, que comparte la alineación de lo imposible con otros personajes no menos perturbados, como Gálvez, Kuntz y el propio Petrus.
Todos íntimamente saben que el astillero jamás resucitará. Por eso, mientras elucubran inverosímiles proyectos, cobran sus "salarios" mediante la venta de la chatarra sobreviviente.
Los agonistas insertos por el autor en la geografía de la historia, resultan igualmente relevantes para el cuerpo narrativo: la pasional pero imbécil hija del empresario que mantiene un presunto romance con el protagonista, su ignota mucama, la embarazada mujer que sobrevive en la miseria y la marginalidad, el desgastado médico de la ciudad y hasta un policía amable pero demasiado extraño.
Para enfatizar aún más los rasgos surrealistas de sus escenarios literarios, la pluma del autor transforma al clima en protagonista, con una lluvia que cae implacablemente y el frío polar que abruma a los pobladores del ignoto paraje. Hay una fuerte inflexión descriptiva que trasciende a la mera agonía emocional de los atribulados y sórdidos personajes que comparten el relato, colándose en los paisajes naturales y aún en las estructuras físicas: la semidesierta Santa María, el cadáver arquitectónico del astillero, la acogedora glorieta que fractura las decadentes líneas del ambiente y particularmente la casilla de perros habitada por humanos marginales.
En un tiempo histórico de tensiones, incertidumbres y frivolidades, la pluma de Juan Carlos Onetti recupera toda la elocuencia de una prosa intensa, sugerente, osada y transgresora.
Pese a que ya han transcurrido más de cuatro decenios de su primera publicación, "El astillero" parece una obra contemporánea, porque desafía al lector a reflexionar en torno a los siempre temidos fantasmas de la angustia y el desamparo.
El escenario de desolación que construye el autor en torno al clausurado astillero, es muy similar a muchas imágenes que hoy, en pleno siglo XXI, observamos en nuestro Uruguay agobiado por la crisis, la desocupación, la atomización familiar y dramáticamente sangrado por el exilio económico.
Juan Carlos Onetti denuncia - asimismo - la perversa amputación de las utopías, las miserias humanas y el cada vez más acelerado proceso de descomposición social que actualmente observamos con estupor.