Mario Arana
Un tanto frustados, aquella tarde de frío otoñal de comienzos de los años 60, rumbeamos hacia la calle Gonzalo Ramírez, Heber Raviolo y yo, comentando la charla que acabábamos de mantener con Juan Carlos Onetti.
A pesar del dilatado prestigio que la aparición de El Astillero ya le había otorgado, Onetti no había alcanzado aún su condición de mito. En aquella ocasión, sin embargo, intuí que ese mito se estaba conformando.
- “Vuelvan hacia la primavera”,- nos dijo en ritmo pausado, escudado tras sus abundantes dioptrías y sumido en una atmósfera enturbiada por la nicotina, el tufo de gato y la luz mortecina de aquella biblioteca instalada en el interior del “Castillo” del Parque Rodó donde Onetti revestía, por entonces, como funcionario municipal.
El propósito de conseguir un texto inédito a ser publicado por nuestra editorial* quedó así postergado, pero tuve en cambio la oportunidad de presentir, en aquel rincón montevideano, a Santa María como ficción realizada.
“Si Santa María existiera -escribió alguna vez Onetti- es seguro que haría allí lo mismo que hago hoy, pero naturalmente, inventaría una ciudad llamada Montevideo”.
El que desde la invención creadora otorgó credibilidad perdurable a Santa María, convoca a Montevideo; la melancolía de Montevideo; ciudad que tal como él mismo admitió y que muchos de nosotros percibimos, está, más aun que Buenos Aires, presente en sus obras.
Quién me diera hoy contar con el maestro ya definitivamente arraigado en su Santa María, para re-inventar con él a Montevideo, más allá de sus contradicciones y su melancolía.