Desde la cama: El Pozo

El Ascensorista

Leo echado, en horizontal y procurando mantener un delicado equilibrio sobre mi codo derecho, como para emular la postura de Juan Carlos Onetti mientras leía o escribía. Pienso que resulta bastante incómodo, de inicio al menos, si bien luego me dejo arrastrar (o caer, mejor) a la sima cavada por Eladio Linacero. Un pozo de corto recorrido y notable hondura.

Onetti escribió su primera novelita de un tirón a principios de los años 30, en Argentina. Lo hizo empujado por la dictadura del general Uriburu, por la ausencia de humos en el régimen y, en concreto, por la prohibición de dispensar tabaco los fines de semana. Y un viernes, para nuestra fortuna y la desdicha del autor, se olvidó de proveerse de cigarrillos. Tuve un sábado y un domingo horribles –contaba Onetti-, loco de ganas de fumar, me era imposible y en un ataque de malhumor me volqué a escribir “El pozo”. Se me ocurre que, en los rótulos de las cajetillas, habría que advertir no sólo que el tabaco mata sino, también, que fumar le puede volver a uno escritor y, entonces, hasta puede terminar muriendo dos veces.

En fin, me imagino que Onetti volvió a prender algún cigarrillo y, entre calada y calada, se le extravió el manuscrito. Así que lo que se publicó en 1939 fue una reconstrucción de una novela o, si lo prefieren ver así, del síndrome de abstinencia de un fumador. El caso es que al narrador, al hastiado Eladio Linacero, nos lo encontramos echando chispas, encerrado en su cuarto y bastante alterado, sí, y además a punto de cumplir los cuarenta años. A las páginas que habita no parece, sin embargo, haberlas alcanzado las proclamas del dictador. Conseguí que Lorenzo me fiara un paquete de tabaco, nos confiesa Linacero.

Pero fumar sobre el papel, me imagino, no es lo que se propuso Onetti ni su personaje tampoco, sino más bien escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. Una declaración de intenciones que, desde el principio, el lector aventura abocada al desengaño. Claro que el fracaso, la frustración o un mero chasco nunca me han parecido un obstáculo para leer las novelas de Onetti, sino más bien un acicate.

En El pozo está presente, también, lo que Juan Villoro define como uno de los mayores logros onettianos, esto es: la búsqueda de la historia a medida que se escribe. Así que no me extraño de que al narrador y protagonista lo encuentre, en ocasiones, un poco desorientado. Supongo que a tal intención sirve, también, el carácter fragmentario de la novela, algo que algunos, en España, parecen haber descubierto hace una hora y media, poco más o menos.

Por lo demás, El pozo nos ofrece, servidos por la voz fluida y nerviosa de Linacero, sueños y enemistades, recuerdos y alguna aventura erótica, y una generosa ración de aire fresco, enhebrado todo hasta conformar la carta de presentación de un escritor capital. Alguien de quien, por cierto, deberían advertir en las solapas de sus libros que puede crear adicción.