Bárbara
El protagonista es Brausen y cuando la novela comienza está esperando la vuelta de Gertrudis, su mujer, de una operación por un cáncer de pecho (...Ablación de mama. Una cicatriz puede ser imaginada como un corte irregular practicado en una copa de goma, de paredes gruesas, que contenga una materia inmóvil, sonrosada, con burbujas en la superficie, y que dé la impresión de ser líquida si hacemos oscilar la lámpara que la ilumina...Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda). El comienzo de la novela y todo lo que podría decirse que es el plano de la vida de Brausen está narrado en primera persona pero paralelamente a su vida comienzan a emerger otras en las cuales Brausen entra y sale a voluntad y que dan lugar a una estructura de cajitas chinas donde los personajes se duplican, también los femeninos, y se constituyen distintos pares de personajes (Brausen-Gertrudis/Diaz Grey-Elena Sala/Arce-Queca) que deambulan por la fantasía de Brausen y, en el caso de Diaz Grey y Elena Sala, por una ciudad de provincias, Santa María. Al entrar en escena estos dobles de Brausen, el narrador pasa a estar en tercera persona y el juego especular de la novela llega al punto máximo al plantear la aparición de “un tal Onetti”, personaje con cara de aburrido y anteojos que alquila a Brausen una oficina para montar una agencia falsa de publicidad.
Así ingresa el personaje Onetti en la novela de Onetti, multiplicado también por el juego de espejos, por un lado como el personaje que alquila la oficina y, por otro, a través de Brausen, su alter ego.
El terreno de la imaginación y de la literatura como posibilidad de crearse otra realidad, el "todo es posible, podemos pensar" que llega al máximo al ingresar el propio Onetti en la ficción de Onetti y comenzar a mezclar y superponer todos los planos.
Por la estructura de la novela me recordó el cuento “Las Hortensias”, de Felisberto Hernández y estuve a punto de ponerme a buscar anagramas entre los nombres de todos los personajes; y con respecto a la forma de narrar me recordó a di Benedetto (cuando Brausen se acerca a Gertrudis para besarla y ella dice “Todo está buen. Pero no te deseo” me recordó el lacónico y genial “Omití a Julia” del protagonista de “Los suicidas”)
“Ahora yo también estoy dentro del escándalo, dejando caer ceniza de tabaco por todas partes, aunque no fume; usando copas, moviéndome con ardor entre los muebles y objetos que empujo, arrastro, cambio de lugar; inmóvil, cumplo mi tímida iniciación, ayudo a construir la fisonomía del desorden, borro mis huellas a cada paso, descubro que cada minuto salta, brilla y desaparece como una moneda recién acuñada, comprendo que ella me estuvo diciendo, a través de la pared, que es posible vivir sin memoria ni previsión.” (p. 113)
“Era la misma sensación de paz que había sentido al entrar en el cuerpo de Gertrudis cuando la amaba; la misma plenitud, la misma corriente embravecida que apaciguaba todas las preguntas.” (p. 225)
“Todo es posible, podemos pensar; o pensar sin tristeza que nada alcanzaremos de lo posible y que esta fatalidad no nos preocupa. Ahora vuelves a sonreírme, a jugar con la copa vacía, a ordenar los recuerdos de la noche. Trato de fortalecerme repitiéndome, como una mujer, que el amor es más importante que nosotros mismos; me fortalezco imaginando las palabras sucias del mucamo que entró a cambiar las ropas de la cama. Te quiero y no digo nada, reproduzco los movimientos de tus dedos al acariciarme la mano, intento descubrir en tus ojos la huella de la sana mirada obscena que vi una, dos horas antes; también ella me fortifica, me hace creer en ti. No la encuentro y no me importa, porque pienso en el doctor Díaz Grey, quieto en este lado de la mesa; un hombre, uno cualquiera, éste, designable con la palabra cuadragenario, arrastrado ya por la necesidad de proteger, de protegerse. Un hombre de cuarenta años, al otro lado de la mesa, que abre su billetera para pagar al mozo, que perfecciona la primera coartada, que se siente, con un suave mareo, con una agradable inseguridad, de regreso en la vida.”