Atisbos de Onetti

Carlos María Domínguez

El año próximo se cumple el centenario del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, una de las cumbres de la literatura latinoamericana. Uno de los autores más devotos a la figura de Onetti, es el argentino Carlos María Domínguez, de quien presentamos algunos atisbos del autor de El astillero y su relación con otros de sus contemporáneos.
En 1934 Onetti llevó su novela Tiempo de abrazar a Roberto Arlt, quien por entonces trabajaba en el diario El Mundo, de Buenos Aires. Pasaba una temporada en la casa de su amigo Italo Constantini (Kostia), quien después de leerla le dijo: “La novela es buena. Hay que publicarla. Mañana vamos a ver a Arlt.”
Kostia era la oveja negra de una familia adinerada, propietaria de una cadena de florerías, que le pasaba dinero siempre y cuando se mantuviera a una distancia prudente del negocio. Había crecido con Arlt en el barrio de Flores, conocía a muchos protagonistas de Los siete locos y Los lanzallamas, compartía con él una vieja amistad e invariablemente se tiraba la ceniza de los cigarrillos en la solapa.A los reparos tímidos de Onetti, Kostia contestó: “Arlt es un gran novelista. Pero odia lo que podemos llamar literatura entre comillas.
Y tu libro, por lo menos, está limpio de eso. No te preocupés, lo más probable es que te mande a la mierda”.
Cuando Kostia entró en la oficina de su amigo en el diario, acompañado de un manuscrito que traía anexado un párvulo de 25 años, Arlt acababa de mesarse el mechón de pelo volcado sobre su frente y hacía cuentas sobre el dinero que necesitaría para fabricar medias de seda irrompibles. Como para hacer algo, Onetti le ofreció su paquete de cigarrillos pero Arlt lo desechó con un gesto silencioso, dándose tiempo para mirarlo y calcular en qué kilómetro se le acabaría la gasolina. Tenía un método del que su ufanaba. A diferencia de sus colegas, que cuando les llevaban un manuscrito para leer ponían trabas tan corteses como desinteresadas, se dedicaba a conseguirle al nuevo genio toda clase de facilidades para que la publicara. El método no fallaba. Un año o dos y el tipo ya no tenía más qué decir, enmudecía y regresaba a lo suyo cargando con la vanidad de su aventura literaria.
Después de un incómodo silencio en el que Onetti se inhibió de confesar admiraciones y halagos, Arlt tomó el manuscrito con pereza y dijo: “Assí que usted escribió una novela y Kostia dice que está bien y yo tengo que conseguir un imprentero.” Comenzó a leerla por fragmentos, salteando de cinco y diez páginas, como quien hojea una revista cualquiera y mide el tiempo en que demorará en llegar al canasto. Un año de trabajo, pensaba Onetti, y este la quiere leer en diez minutos.
Finalmente Arlt abandonó el manuscrito sobre el escritorio y le dijo a Kostia, que fumaba –en apariencia ajeno a la situación- en un rincón de la oficina:
“Dessime vos Kostia, ¿yo publiqué una novela este año?
-Ninguna. Anunciaste pero no pasó nada.”
Empezó a echarle la culpa a las Aguafuertes sin ninguna necesidad, hablando de ellas con un exhibicionismo pueril que el gesto compadrito adelantaba. Finalmente, dijo: “Entonces, si estás seguro de que no publiqué ningún libro este año, lo que acabo de leer es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año.
Tenemos que publicarla. Onetti quiso desaparecer. Podía ser un párvulo a la vista del gran escritor, pero no lo bastante idiota para omitir que la amnesia y toda la escena había sido fingida con grosería. Algo de esa hostilidad sintió el otro, porque enseguida puso una mano sobre el manuscrito y lo atajó: “Claro, usted piensa que lo estoy cachando y tiene ganas de putearme. Pero no es así. Vea: cuando me alcanza el dinero para comprar libros me voy a cualquier librería de la calle Corrientes. Y no necesito hacer más que esto, hojear, para estar seguro de si una novela es buena o no. La suya es buena y ahora vamos a tomar algo para festejar y divertirnos hablando de los colegas”.

En aquella oportunidad nació una amistad que los volvió a reunir en pocas ocasiones. Pero Onetti admiraba más sus libros que su personalidad. Evocándolo en el prólogo a una edición de Los siete locos. Señaló: “…el pobre hombre se defendió inventando medias irrompibles, rosas eternas, motores de súper explosión, gases para concluir con una ciudad. Pero fracasó siempre y tal vez de ahí irrumpieran en este libro metáforas industriales, químicas, geométricas. Me consta que tuvo fe y que trabajó en sus fantasías con seriedad y métodos germanos. Pero había nacido para escribir sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban”.

FAULKNER
El encuentro de Onetti con William Faulkner fue decisivo y copioso. Todo indica que sucedió en 1933, cuando Revista de Occidente publicó Todos los aviadores muertos. “Empecé a leer eso y fue un deslumbramiento tal que me senté en un café hasta terminarlo”, le dijo en un reportaje a Juan Cruz.
La fundación de una geografía novelística es la superficie de un pacto más profundo y sostenido por la convicción de que la representación de la realidad estaba perdida para la literatura y podía ser reconstruida sólo por una voluntad irrenunciable, a pesar del anticipado fracaso, de que la tarea sería agotadora e inagotable. Con Faulkner, Onetti asumió que los hechos nunca son transparentes, hay que asediar su sentido, tantas veces como sea posible, a través de sus testigos y protagonistas porque la verdad asoma como secreto.
No sólo secreto guardado por un personaje o por efecto estético de la novela, sino también porque la verdad es en sí misma un secreto, tiene estructura de secreto y no se puede conocer. Está perdida. Hay que buscarla, y no se puede alcanzar, y no se puede mentir.
Lo copió profusamente, pero con inteligencia, talento y deseo de ayudarse a contar las historias que le pertenecían.

BORGES
Durante el verano 1948/49 pensó que había llegado el momento de conocer personalmente a Jorge Luis Borges. En un tiempo remoto, había calificado a los cuentos de Borges como una traducción de Melville, provocando más de una indignación. Pero luego había terminado por reconocer en el Borges de Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, “Hombre de la esquina rosada”, la jerarquía de su talento. Le pidió a Emir Rodríguez Monegal, entonces de paso en Buenos Aires, que los presentara. Emir admiraba y trataba personalmente a los dos desde hacía unos cuantos años. Concertó una cita en La Helvética, en cuyos altos funcionaba la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista, un grupo de choque nazi que apoyaba a Perón, demolida finalmente por los tanques de la Revolución Libertadora de 1955. Borges y Emir demoraron en llegar algo más de lo que Onetti podía permitirse son adelantar unos cuantos tragos de cerveza. Acaso durante el tiempo en que bebió solo recordó su encuentro con Arlt, tal vez comparó en exceso sus libros, adelantando las diferencias irrecusables de su forma de hablar, de mostrarle la cara, de anunciar su vanidad.
O quizás se arrepintió de haber alentado el encuentro y creyó que debía pagar por ello de una forma u otra. Lo encontraron con “aire fúnebre”, “hosco, como retraído en sí mismo, y a la defensiva. Sólo salía de su isla para atacar con una violencia que nunca le había visto –recordaría Rodríguez Monegal-. Era obvio que él había leído a Borges y que Borges no lo había leído ni tal vez lo leería nunca. La conversación saltaba sin progresar, hasta que de golpe, Onetti embistió con una frase que se dejaba silabear como un verso de tango:
-Y ahora que están tan juntos, díganme, explíquenme, ¿qué ven a Henry James?, ¿qué le ven al coso ese?
Borges debió ingeniárselas para consultar a su amigo si alguien saldría beneficiado de una respuesta cortés, y accedió a explicar su admiración por James, a trazar un pedagógico laberinto de comparaciones con Cervantes, Chesterton, Kafka y Dickens. Emir lo siguió con entusiasmo, esperanzado en borrar el origen infortunado de la conversación. Pero parecía claro que nada de lo que dijera iba a lograr conciliar dos mundos que se querían distantes. De regreso con Borges, por si quedaba alguna esperanza de que el escritor hubiera inadvertido algo de las irritantes actitudes de su amigo, Emir le preguntó qué le había parecido Onetti. Dijo que le había gustado y Emir lo entendió como una cortesía más. “Pero por qué habla como un compadrito italiano?”, agregó.
De camino a su hotel, Emir comprendió que a Borges no se le había escapado ninguna de las provocaciones de Onetti, y hasta había percibido otra que él había pasado por alto. “Estuvo censurando a Borges al arrastrar las sílabas más que de costumbre, deliberadamente, como una acto fonéticamente agresivo y suicida”, se dijo.
Aunque nunca lo escribió, debe haberse sentido traicionado por Onetti, y sólo cuando terminó de insultarlo por haberle hecho armar una cita que de antemano iba a condenar a la ruina, crítico al fin, pensó que Onetti había personificado a Arlt como una sorda y demorada revancha del autor de Los siete locos, ignorado también por el maestro. Una justificación imprecisa para una intuición, después de todo, encaminada. Borges tenía entonces 50 años y preparaba la edición de El Aleph. Onetti, diez años menor, construía una novela ambiciosa que establecería un corte con su producción anterior y lo cruzaría, definitivamente, a la imaginaria ciudad de Santa María.
Tras la caída de Perón en 1955, Onetti regresó a Montevideo con Dolly, donde trabajó durante años como director de la Biblioteca Municipal. El magro sueldo le permitió vivir en un humilde departamento de la calle Gonzalo Ramírez y entregarse a la escritura de su obra sin exigencias horarias. Santa María comenzó a desplegarse como un mundo alterno que Onetti visitaba con progresiva frecuencia, al margen de los reclamos de la vida social. De su reclusión en la cama, donde construía un mundo en posición horizontal por derecho natural de la pereza, rodeado de novelas policiales, lecturas de Faulkner, Celine o Proust, lo arrancaba cada tanto sus amantes motevideanas, entre ellas la poeta Idea Vilariño, a quien conoció como integrante de la revista Número, o las obligaciones estrictamente ineludibles.
Reclinado sobre el lado derecho, el codo apoyado en el colchón y el brazo izquierdo libre para sostener el cigarrillo, durante largos periodos, infatigable, pasaba horas escribiendo. Paraba cuando le venía un calambre en la muñeca que fue haciéndose crónico, como las dificultades para dormir, la necesidad de tomar pastillas, el acecho de la angustia. El alcohol era una compañía privilegiada que debía graduar en un límite sutil y lábil si quería escribir.
Mientras Onetti desalentaba a los peregrinos que llegaban hasta su departamento para conocerlo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Julio Cortázar, entre otros, comenzaron a reclamar la atención sobre la obra poco difundida de Onetti. El andamiaje editorial de boom de la literatura latinoamericana lo encontró completamente ajeno al circuito cultural y la agente catalana Carmen Balcells, en medio del desorden de su habitación, entre papeles y libros desparramados por el piso. “Como pelillos en el mar”, dijo entonces Balcells, enfrentada al viento frío que se colaba por las ventanas desgonzadas del departamento.
Onetti acaba de vender los derechos de su obra a la editorial Aguilar, de México, por mil dólares. Cuando Onetti aceptó el ofrecimiento de Balcells para representarlo, ignoraba que esa visita cambiaría definitivamente la relación entre su literatura y la estrechez económica, un precio que había elegido pagar y sobrellevaba con resignación.