Alejandro Gándara
Como cada año, vuelvo a recomendarles que se pasen por la Feria y pillen los 'Cuentos completos' de Onetti (Alfaguara). Es una joya y cualquier día de éstos se nos pierde de vista.
Empiecen leyendo, cómo no, 'Bienvenido Bob', esa historia que puede leerse de dos maneras y que según cuál nos da idea de cómo somos. En la primera, parece un regodeo sobre aquellos que se ríen de los que fracasan como si a ellos no fuera a pasarles. Autojustificatoria y bastante lamentable, mal de muchos…
En la segunda, véase la inquina o pasión con que el prota observa la desdicha del enemigo, la profundidad amorosa (eso dice) que le lleva a perpetuar al adversario en su corazón, cual amor verdadero, incluso superior.
Pregunta: ¿Es la desgracia de los que odiamos nuestra pasión por encima de todas?
Pregunta: ¿Es la dialéctica éxito/fracaso la que se muerde la cola, el veneno de la serpiente que se muerde a sí misma?
Pregunta: ¿Hay diferencia entre derrota y fracaso?
Ciertamente, hay gente por ahí que va explicándote la vida en estos términos y también nosotros llevamos una lente, para qué engañarse, que juzga de ese modo. Se trata de un mandato, algo irrevocable, mediante lo cual hacemos el balance de la vida. Más falso que un duro de palo.
Pero hay otra posibilidad de leer ese cuento, y es como una historia de pijos a pelo, sin más, idiotas en un club, esclavos de sus juicios y de la apariencia de las cosas. Un pijo no es más que un pijo, o sea, un enamorado de su falta de amor.
Recuerdo que un imbécil me dijo una vez, tras una dura discusión, que él se iba a quitar el disgusto comprándose un Jaguar, cosa que yo no podría hacer. A lo que un servidor contestó que mi disgusto no me saldría tan caro. Un chinchón dulce, sin hielo, a lo sumo.