Juntacadáveres

Martín Garrido

Por la mañana ensayo, por la tarde estudio mi texto, y mientras tanto imagino que estoy muy alejado de aquí, haciendo cosas parecidas pero rodeado de otras personas y objetos. Todo es diferente, yo soy el mismo pero mi entorno no. La música retumba de manera especial, como las voces que suenan por debajo de ella… Hay algo que no encaja, me digo mirándome en el espejo, y no paro, sino que sigo adelante pensando cómo podría escapar hacia ese otro lugar que imagino. Mi mundo no es este, está lejos, en un lugar que me atrae subrepticia y silenciosamente. En la vida, muchas veces, hay que tomar decisiones que ponen en peligro una parte de ti y lo que representas. Yo presiento que necesito hacer las maletas definitivamente, coger un avión o un barco y desaparecer de una vez para siempre. No puedo explicar las causas, aunque es lo que quiero hacer. Si pudiera ponerme una máscara y ayudar a la humanidad lo haría, sin embargo, no estoy dentro de una película. Aquí las cosas no terminan bien si uno no se rompe el culo intentando conseguir lo que una vez soñó.

No me gustaría llegar a viejo y pensar ya está, hasta aquí hemos llegado y, chico, no lo has logrado, tus sueños evaporados, tu adiposo y patético cuerpo a punto de derrumbarse… Pienso en Juan Carlos Onetti y en su Larsen, Juntacadáveres o Junta para los amigos, en cómo su propio sueño acabó con él al término de la segunda historia que su creador le dedicó con cierto amor implícito. Disfruto imaginando que llegué a conocer a Junta antes de que lo mataran de una paliza en un apestoso rincón del planeta, viéndome a su lado mientras me explicaba cómo sería su legendaria casa de putas o paseando por un astillero que nunca comenzaría a funcionar. Todos los hombres del mundo tenemos algo de Junta, ambición por las ilusiones sin sentido en las que un día malo creímos, locura por el ego que nos quema en los momentos de más frustración, sempiterna furia contenida… Los últimos años de su existencia, cansado de todo, Onetti se metió en una cama rodeado de botellas de whisky y con los libros de Faulkner y Céline al alcance de la mano. Un final triste, aunque más placentero y realista que el de la mayoría de personas, que vagan sin tener ni puta idea de en qué agujero infecto acabarán convirtiéndose en polvo.

Los escritores tenemos algo en común con Junta, llamado así por las chicas con las que trabajaba, sus putas, vamos… cadáveres andantes que no podían ni con su alma y que el rechoncho fenómeno de siniestra sonrisa iba reclutando por los alrededores de la polvorienta Santa María… Nosotros, como Junta, nos nutrimos de cadáveres, de gente que a muerto o que no tardará en hacerlo y con la que en alguna ocasión u ocasiones tuvimos contacto, cadáveres, como decía, de nuestra memoria. Hay una leyenda que cuenta que realmente Onetti conoció en persona al protagonista de su hipotética ficción, ese proxeneta conocido por Larsen, al que vio llorar en los aledaños de un mal barrio, entre los burdeles oscuros por los que paseaba a las dos mujeres de las que se proclamaba dueño, también cadáveres, imagino…

Larsen era un hombre fuerte, prueba de ello es que nunca, ni siquiera al final, se rindió. Creía en sí mismo y no quería renunciar a su dignidad por nada, y esa es la razón por la que renació superando el abismo, para regresar al lugar del que había sido violentamente expulsado, esa Santa María tan mítica a mis ojos, tan maravillosa por lo que llega a representar ante personas de mi ralea, inconformistas que en el fondo conocen la realidad de que, aunque lo pierdan todo, incluidos los principios que tanto pesan, continuarán adelante pensando en nuevas tácticas y salvoconductos. Muchas personas de las que he tenido oportunidad de conocer, todas ellas entradas en años, tienen la firme convicción de que los años relajan hasta la muerte, de que después de una serie de vivencias corrientes (matrimonio, hijos, ruptura, fracaso, vejez) uno deja de pensar así y olvida cuanto creía en su juventud, pero yo estoy seguro de que se equivocan, de que, no por ser joven, uno está condicionado por los mismos factores que ellos. Hay gente muy fuerte, capaz de soportar todos los golpes que el destino se disponga a darle y más todavía, cualquier caída, cualquier hundimiento moral… Yo he conocido a gente así, de hecho no hace mucho tropecé con alguien a quien no veía desde que era un niño y que, pese a lo mal que le va todo, seguirá luchando hasta que se muera. Es artista, un buen artista, y está cansado de golpear un muro de ladrillos… Pero como Larsen, sabe que, pase lo que pase, no habrá perdido hasta que tire la toalla. Y eso, amigos míos, es admirable.

En cambio, conozco a otras personas que se llaman a sí mismas artistas y que, pese a lo mucho que apostaban por su obra, ya se han rendido y prolongan una existencia lamentable, gente frustrada que pretendía ser como León Tolstói y que ahora, a todos los jóvenes, ineluctablemente, les dicen tranquilo, eres muy joven, el tiempo te enseñará… Curioso resulta el detalle de que todos esos seres frustrados y sin nada que ofrecer a la humanidad, gente que creía ciegamente en sí misma, viva ahora en un estado de completa y estúpida incredulidad. El tiempo ha derribado sus convicciones y ahora ya no son capaces de fijarse en la suciedad que cubre algunos talentos ocultos en madrigueras. Y lo que yo le diría a esas personas es que dejen de repetirse, que olviden sus prejuicios y no se escuden más en su edad y su experiencia, porque la vida no es igual para todos y el talento siempre está ahí, tanto en el niño de quince años como en el anciano moribundo. ¿Acaso Onetti no tenía el mismo talento a los sesenta que a los diez? ¿Y Caravaggio? ¿No pintaba mejor, con mucha más profundidad psicológica, a los dieciocho años que el noventa y cinco por ciento de los artistas mayores de cincuenta que están pisando la Tierra en este preciso instante? Si hubiera tenido que esperar a ser mayor, escuchar a todos los cretinos sin derecho a la posteridad que siempre están incordiando a las nuevas generaciones, Caravaggio, como tantos y tantos otros que nos dejaron un gran legado negando de alguna manera el privilegio de ser mayores, no existiría. Y ya está.