Juan Carlos & Dolly

Daniela Gutiérrez

Era 1991, verano en Madrid, cuando me enteré que tendría que ir a verlo. Me aterré. Tuve miedo de llegar hasta su casa, y que me tratase mal, o peor: entrar y quedarme súbitamente en silencio delante de él. Quizás me dijera algo como “te comieron la lengua los ratones”, y me regresara de una patada a la infancia temerosa. Pero a la vez esa idea me causó gracia y decidí que era inútil prepararme para el encuentro. Iría a verlo como quien llega a otro país y va a visitar a un pariente que no conoce pero lleva un encargo. No tuve problemas para arreglar, con Dolly, el encuentro porque María Esther le había pedido que me recibiera y bien (parece que le dijo eso). Dolly es su mujer desde hace mil años cuando ella era una colegiala y él la espiaba desde una ventana en su departamento de Montevideo. Eso lo supe por nuestra amiga en común que también me dijo que él la llama cariñosamente “el ignorado perro de la dicha”. Sigue siendo hermosa y lo de perro ignorado no le hace justicia.

Está viejo y me recordó, en cuanto lo vi, ese verso de Mallarmé donde lamentaba la tristeza de la carne. Le queda un diente: el del medio, sólo y orgulloso, emergiendo de la encía inferior. Tiene puesta una camiseta de algodón blanco muy sudada, adherida a esa parte del pecho velludo y entrecano que se le hunde -como abismándose- cada vez que pita su cigarrillo. Arriba una camisa amarilla, manga corta que lo hace ver aún más pálido o de un gris verdoso. Demasiado vistosa la camisa, hace juego con su adentro. Estaba despierto y me hace pasar al grito de “vamos m´hija, que se me hace tarde!”. Se ríe cuando me apuro a sentarme en una silla que me engulle. La voz está despegada del cuerpo inmóvil, es una voz gastada pero a su manera vívida. En esos años yo no conocía la expresión garganta con arena, pero era justa para su voz. Los párpados caídos como a media asta sobre unos ojos enormes y desviados, me mira desde atrás de los anteojos pegados con cinta scotch. Le pide a Dolly whisky para los dos sin preguntarme si quiero. Estamos en su dormitorio, el ambiente es irrespirable y agrio. Me presento y se larga a hablar sin que tenga que preguntarle demasiado. Sí recuerdo haberle hecho un comentario acerca de la palabra perniabierto que lo hizo reír. Hablamos de mujeres, de cómo atrapa la cama, de novelitas de misterio, de ciudades. Todo en profuso desorden. No me resultó curioso que, aún con abismos de silencio entre cada palabra, contar lo entusiasme tanto y además encuentre revolviendo con sus manos de dedos larguísimos, entre los pocos pelos alborotados grasosos y largos, la precisión buscada para nombrar cada cosa. Está sentado en el sillón de cuero desgarrado que tiene junto a su cama. Hace un calor atroz. Oscilo entre mirar todo y cerrar los ojos: es que cuando habla, escupe. Lo hace sin querer, y creo haber puesto cara de disgusto. Quiero preguntarle sobre el falso Picasso y su posterior autentificación, me cuenta todo riéndose y escupiéndome más y más. Después me pregunta cómo es que tengo un ejemplar del libro del que sólo se hicieron 500. Le cuento y dice serio: mirá, che.

-El autor -dice nombrándose en tercera persona- tenía 20 años, y la historia de ese libro me resulta increíble a mí, ahora.
-¿Por qué?
-Era un viernes y había en ese momento una ley que prohibía vender cigarrillos los sábados y domingos, entonces los viernes todos los viciosos corríamos a abastecernos. Algo me pasó que me olvidé y cuando me percaté ya era tarde. No podría haber soportado la vida sin fumar.

Entonces dejó de hablar: palpó la mesita de junto y encontró debajo de una servilleta el encendedor amarillo y negro. El cigarrillo lo había tenido apagado desde hacía un buen rato y hacía como que fumaba. Primero acercó su boca al cigarrillo y no al revés -eso me pareció muy raro- apretó sus labios sosteniéndolo y cuando prendió el encendedor salió una llama gigante. Tardó un rato en largar el humo, parecía esos chicos que hacen malabares con fuego en las esquinas. Había cerrado los ojos y no los volvía a abrir. Largó el humo hacia arriba y siguió hablándome.

-Bueno, mi humor era terrible sin el tabaco, entonces para olvidar escribí de un tirón las primeras treinta y dos páginas. Te podés dar cuenta de cómo fue ese fin de semana para mí leyendo ese texto: horrible. Ese libro no se publicó enseguida porque lo perdí, viste, lo perdí.
-¿Quién lo encontró?
-Como siempre: una mujer.

Me pide el libro y cuando se lo doy se incorpora para agarrarlo, me mira fijo y luego se sumerge en él, busca una hoja determinada y empieza a leerme. La densidad del ambiente se evaporaba con cada letra. Me atrapaban los renglones, las palabras, las pausas. Era una sensación muy rara. Terminó de leer, cerró el libro y me pidió que le ayudara a acostarse. Se acostó, me despedí y salí del cuarto. Dolly me abrió la puerta. Apenas pisé la vereda, me senté en el cordón y subrayé lo que Onetti me había leído a mí sola, una tarde de verano en Madrid.

Había habido algo maravilloso creado por nosotros. Cecilia era una muchacha, tenía trajes con flores de primavera, unos guantes diminutos y usaba pañuelos de telas transparentes que llevaban dibujos de niños bordados en las esquinas. Como un hijo el amor había salido de nosotros. Lo alimentábamos, pero él tenía su vida aparte. Era mejor que ella, mucho mejor que yo. ¿Cómo querer compararse con aquel sentimiento, aquella atmósfera que, a la media hora de salir de casa me obligaba a volver, desesperado, para asegurarme de que ella no había muerto en mi ausencia? Y Cecilia, que puede distinguir los diversos tipos de carne de vaca y discutir seriamente con el carnicero cuando la engaña, ¿tiene algo que ver con aquello que la hacía viajar en el ferrocarril con lentes oscuros, todos los días, poco tiempo antes de que nos casáramos, “porque nadie debía ver los ojos que me habían visto desnudo”?