¿Ser artista o escribir, simplemente?

Porfirio Hernández

Del libro de María Angélica Petit y Omar Prego, Onetti o la salvación por la escritura, editado por la Sociedad Española de Librería en 1981, esta reflexión del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994):

“Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el momento más inesperado el tema llega y lo domina a uno. Cuando uno se pone a buscar el tema, como hacen algunos que no quisiera nombrar, pensando que está bien escribir esto y mal lo otro, entonces uno no es un artista. Podrá ser un correcto escritor, pero no un artista”.

Ser artista, ser un correcto escritor. Es controversia, si se consideran las diferencias entre literatura y periodismo, la sagacidad del autor para abordar el tema de su interés, el tema en sí mismo, e incluso las cualidades del lector para aprehender la belleza de un texto. En el periodismo he encontrado piezas de excepción que alcanzan la categoría de arte; en la literatura he rechazado textos de una deplorable calidad. Conclusión: no hay fronteras donde el arte se satisfaga en sí mismo. Recuerdo aún aquella definición de Alejo Carpentier sobre la novela original: ¡esto no es una novela!: el arte se define casi por lo que no es en este momento.

La compulsión de escribir sobre cualquier tema es connatural al escritor. El maestro Jaime Sabines rechazaba escribir lo primero que se le venía a la cabeza; dejaba que las palabras pasaran: estaban ya en el inconsciente que le daría inspiración cuando llegara el momento de escribir, ahí, tirado en la cama.

¿Ser artista o escribir, simplemente? Para algunos, más identificados con el romanticismo, la esencia artística se encuentra en la forma de vivir la vida. Valga la redundancia. Me refiero a una especie de segunda potencia vital, colocada por encima de la cotidianeidad, a la autoconciencia de estar en el gran escenario de una vida espectacular. He conocido a muchos, los he leído menos. Para ellos, sería inadmisible la fabulación de Jorge Luis Borges en torno del anonimato de la literatura: borrar los nombres y las fechas, para dejar que la obra se defienda por sí misma, sin la marca convencional de una firma. Inadmisible para quien necesita imprimir su biografía en las solapas.