Anatomía del chisme en Onetti

Emilio Pardal

Nacieron en mi pueblo, pero viven en una gran ciudad. Se enamoraron en el colegio y se casaron antes de acabar los estudios. Los primeros años de vida conyugal fueron una prórroga de la luna de miel, pero tras una década de convivencia, y después de algunos titubeos, ella decidió divorciarse, porque ya no lo admiraba como en aquella adolescencia de moto y cine, y quizás porque él no le proporcionaba la vida que ella creía merecer.
¿Cómo seguir la historia? ¿Tomar la separación como punto de partida o tramar para este final un planteamiento y un nudo? El problema no es tanto qué cuanto cómo.
Contar no poniendo todas las cartas sobre la mesa podría parecerle tramposo a cierto lector hecho a un tipo de narración convencional. Cuando éste se enfrenta confiadamente y por primera vez a Los adioses de Onetti, aun reconociendo en esta nouvelle de 1938 un eslabón más en la cadena de novelas que desde H. James para acá juega con el punto de vista -como si sus autores no pudiesen dejar de problematizar su estructura narrativa-, quizás piense que el uruguayo vaya demasiado lejos al convertirlo en cómplice de una acto deshonroso, si no pudiese ser calificado abiertamente de criminal, y se sienta sorpendido en su “buena fe”.
Así es, la obscena mirada de los habitantes del pueblo de la sierra donde trascurre la historia llega a ser desprevenidamente tan nuestra como de sus dueños. Esa mirada que observa, pero que también completa las partes ausentes, nos hace partícipes en su indagación lo queramos o no, pues en ella reside la justificación recíproca de escritura y lectura. Como si se tratase de una maldición o un juramento, ella adquiere una cualidad performativa, y por una misteriosa alquimia se transmuta en una profecía equívoca. Ésta sólo se desvelará ambiguamente en la (in)conclusión fatal de la vida de aquél que atrae el interés enfermizo de los curiosos y suscita las inevitables murmuraciones. Con la apertura de unas cartas olvidadas en un cajón del almacén que hace las veces de estafeta de correos, se disipa la misteriosa niebla que rodea todo el relato y que obnubila nuestra visión. Comprendemos entonces que hemos asistido a una suerte de sortilegio, a algo parecido a un mal de ojo.
A medida que avanzamos en el relato, lo que sabemos es lo poco que nos cuentan –especialmente el almacenero-narrador–. Esta es la única materia con la que iremos armando unos personajes, su historia y sus relaciones. Que con estos chismes nos sintamos obligados a pronunciar un veredicto, es revelador de cómo nuestro pensamiento discurre por el cauce de hábitos aprendidos de viejo. Y siguiendo con la figura, podríamos preguntarnos qué cabría esperar de un juicio en el que se pretende establecer una “verdad”, por más que no sea sino literaria. Es posible que tengamos que subir al estrado para la revelación última e inesperada y, como el almacenero-testigo-narrador-profeta, sintamos vergüenza y humillación. Porque las cosas no resultan ser como las habíamos concebido. O puede que sí.
La raíz del “malentendido” se encuentra en la confusión de la voz del narrador con la del autor. Atañe más a la técnica narrativa que a su anécdota. Asumimos que el almacenero que ha sobrevivido a la tisis con apenas medio pulmón y que nos relata cuanto sucede, administrando los “hechos objetivos” y confiándonos sus “infalibles” apreciaciones, es un narrador que cuenta desde y por fuera. Por momentos, olvidamos que es él quien narra y no una voz omnisciente; por eso, le concedemos una autoridad que él nos “pide” que acatemos. En parte, lo hacemos sin reticencias a causa de su invisibilidad, porque aparenta participar poco en la acción, si bien pretende determinarla con su perspicacia para leer el presente, el pasado y el futuro de los personajes. Esa identificación refleja del narrador con el autor refuerza la credibilidad de su voz, aunque en algún momento admita, a pesar de su petulante suficiencia, que también se vale de los habitantes del pueblo y de sus chismes, que le acompañan al modo de un coro de tragedia provinciana.
Si el lector se cree que va a eludir el compromiso con la elaboración narrativa, si cree que se va a escamotear de la hechura alevosa de la verdadera fábula del hombre que “va a morir”, del hombre vencido que las dos mujeres se disputan figurada o materialmente para escándalo de los chismosos, si no comprende que las reglas del juego literario no están dadas de una vez por todas, creerá que ha caído en la que rencorosamente podría ser llamada “trampa” de Onetti. Cortázar no le aceptaría el reclamo a este lector melindroso, antes al contrario, se sentiría confirmado en su señalamiento de éste como lector-hembra: uno que supone que siempre le van a sostener la puerta, achanchado por las convenciones literarias. Pero para los que no impugnen los modos de Onetti, el juego podría no tener un final, podría ser la historia de nunca acabar. ¿Acaso no sería posible que la interpretación primera fuese la de verdad? La penúltima vuelta de tuerca vendría a dar razón a nuestra primera mirada canalla.
Como el propio Onetti confesaba, años después de escribir la novela, ni siquiera él tenía la clave última de los personajes, quizás porque no pretendió escribirlos de manera exhaustiva. El relato no se propone como un artefacto acabado, listo para usar. Por el contrario, se escribe cada vez que se lo lee, y su trama no es achacable en exclusiva al autor: el narrador, los personajes, y en igual medida que ellos, los lectores y re-lectores participan en la creación de un sentido probable, sin que nunca nos sea dado llegar a una conclusión, porque la relectura nos hace dudar, y cada retorno a esas páginas agita nuestras incertidumbres: ahora comprendemos mejor que la verdadera lectura empieza cuando leemos la última palabra del relato. Curiosamente, Onetti nunca releía sus escritos, ni siquiera para corregir las repeticiones. Esto último, que seguramente le resultaba fastidioso, se lo confiaba a su mujer.
Creo que la lección cruel e irónica de Onetti –y en el fondo piadosa – consiste en demostrarnos cuán cabrones podemos ser, como lectores y como personas. No faltará quien vea esta enseñanza como un colofón de ciertos asertos de la física cuántica, sobre todo entre aquellos que necesitan darle una dimensión trascendente a la creación literaria. Así dirán, remedando a Max Plank y a Heisenberg, que la intromisión del observador modifica la naturaleza y el comportamiento de lo observado. Cuando los físicos elaboraron estas teorías, seguramente no tenían en la cabeza la "modalización" narrativa ni ningún otro aspecto de la teoría literaria, sino solamente las minúsculas partículas que componen la estructura íntima de la materia. Aunque probablemente a muchos no les satisfaga la popularización New Age de conceptos tan abstrusos, ni tampoco su extensión abusiva a otros terrenos ajenos a los de su aplicación original, hay que admitir que, al menos, sirven como analogía, como seductora y expresiva figura que nos aproxima al significado del giro modernista de la literatura de comienzos del XX.

Es sabido que el escritor exilado decidió un día encamarse en su apartamento de Madrid. Viejos conocidos, la otrora heroica capital le había convocado a defender la República asediada en los gloriosos días de noviembre del 36, pero su alistamiento fue rechazado por los Internacionales. Muchos años después, cuando le dieron el Cervantes, se sintió muy agradecido con su patria de acogida, la misma España de la transición monárquica que se lo había negado a Bergamín, el último republicano, esqueleto risueño y espectro mordaz que se negaba a transigir con las componendas politiqueras de la segunda restauración, tal vez sabiéndose derrotado de antemano, a pesar de su fe rocosa en la justicia de la causa. Ambos escritores se beneficiaban de un cariz fantasmal en esa época: el uno en su ciudad, en su tierra y en su irrenunciable rebeldía; el otro, de otra manera, en su reclusión displicente de platense trasterrado. A Bergamín nadie le publicaba, quizás esperaban de él un gesto de conciliación que nunca llegó a realizar; el uruguayo, en su dormitorio-refugio, tras la fama que le proporcionó el premio, concedía entrevistas en pijama y pantuflas: Decía que había abjurado de todas las ilusiones, salvo las del amor juvenil y del sabor del vino tinto. El presidente uruguayo le ofreció un retorno honroso a la patria, pero no aceptó.
¡Qué contrapunto de destinos! Onetti recuperó en Madrid la libertad, el sosiego, las ganas de escribir; Bergamín, en cambio, indocumentado como un inmigrante ilegal, se sentía ignorado, preterido, más censurado que con Franco; fue por ello que decidió marcharse de nuevo al exilio, no quería despertar en Madrid y, como esos japoneses que aparecían de vez en cuando en la selva de cualquier isla del Pacífico, descubrir que la guerra había terminado cuarenta años antes con el resultado de una derrota inapelable de su bando. Intuía que ésta, la definitiva derrota de la República, no se había producido en la batalla del Ebro, ni en las calles de Madrid durante la traición de Casado, sino que se podía consumar ahora, con los chalaneos de la reforma política, con la auto-amnistía y con la monarquía, en su opinión, “impuesta y tramposa”, pero, eso sí, “referendumnesca”. Para “no darle tierra española a sus huesos”, se iría a Donosti, donde publicaría, aunque no fuese más que durante unos pocos meses. Fue enterrado en un cementerio sobre el mar de la Hondarribia de los veraneos de juventud. Desde allí, en aquellos días lejanos, cruzaba la frontera para conversar con su maestro Unamuno, refugiado en Francia durante la dictadura de Primo de Rivera. Es conocido que su figura fue postergada a causa de su adhesión tardía al independentismo vasco. El que fuera amigo de tantos intelectuales de enorme talla – Juan Ramón, Valle, Buñuel, Alberti, Lorca, Picasso, Eluard, Bernanos, Malraux…– se alegró de que le dieran, el año que a él le propusieron, el Cervantes a Rosales, poeta a quien tenía por amigo a pesar de las notorias diferencias ideológicas. Alguna vez dijo que había recibido la mala noticia con alivio, pues si se lo hubieran concedido, se habría sentido tentado, y tal vez hubiese sucumbido a la seducción del Poder.
Por su lado, el “oriental” recuperó la voz, su extensa e innovadora obra fue reconocida y se aseguró un ingreso necesario para sus últimos años con la consecución del premio.
En Uruguay, “cuando todavía era un país independiente”, vivió Bergamín años felices durante su exilio, allí enseñó y fue maestro de una generación. No sé si llegó a conocer a Onetti.
¿Y los personajes de mi historia? Seguiré otro día.