Reina Roffé
El narrador uruguayo Juan Carlos Onetti cultivó la novela, pero también el cuento, y lo hizo con la misma pasión por este género que sus predecesores y contemporáneos Horacio Quiroga y Felisberto Hernández y, en la otra orilla del Plata, los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.
Como bien señala Antonio Muñoz Molina en el prólogo a la edición Cuentos completos (Alfaguara, Madrid, 1994) toda la obra de Onetti pertenece «a un mismo espacio imaginario». Efectivamente, sus relatos ponen en escena un mundo estrictamente onettiano, cargado de esa atmósfera densa que le da textura y unidad a sus historias creadas a lo largo de cincuenta años. Desde su primer relato, «Avenida de Mayo-Diagonal Norte-Avenida de Mayo», que publicó el diario La Prensa de Buenos Aires el 1 de enero de 1933, hasta los últimos que escribió en 1993 («Ella» y «La araucaria»), denotan la construcción de una escritura que se abstiene del exhibicionismo experimental y opta por alimentarse de imágenes, memorias y sentimientos extremos mediatizados por un lenguaje cuya economía verbal, no obstante, se prodiga sin prisa en tramos donde se perfilan los laberintos de la condición humana.
En sus novelas como en los cuentos, la temática onettiana oscila entre el amor desesperanzado y la pasión que no alcanza para que dos sean uno; entre el vértigo de los cuerpos que son receptáculo del tiempo y sus heridas y el esfuerzo inútil por sobreponerse al hastío y la derrota. Con matices y variaciones que apuntan a profundizar o a encarar desde otras circunstancias y perspectivas el desgarramiento de los personajes, lo que subyace en cada una de las historias que presenta el autor uruguayo gira en torno a una misma obsesión: cómo cargar de significado el curso de una vida cuando el amor desciende al odio y la venganza; cuando la enfermedad, el vicio, el crimen y la traición acechan de manera sostenida; cuando la idea de salvación, frente a la ausencia de fe, se torna en una quimera que la realidad corrompe y destruye.
Más jóvenes o más viejos, los personajes de sus novelas aparecen en sus cuentos. Sospechamos, además, una geografía similar y su mítica, novelesca, ciudad de Santa María como fondo en muchos de ellos. La mismas playas, la misma desolación de cuartos sórdidos y arrabales tendenciosos, y las mismas mujeres ambiguas que pueblan las riberas, por ejemplo, de su novela Dejemos hablar al viento están en relatos como «Montaigne»; y otras, que podríamos llamar «perversas», vuelven y se instalan en «El infierno tan temido»; y aquellos personajes que practican la autodestrucción, también parecen transitar por las páginas de «Luna llena». Y la muerte, tan presente en su última novela Cuando ya no importe, y la vejez, ya amenazaban con distintas máscaras desde uno de sus mejores cuentos: «Un sueño realizado».
La violencia en la que siempre se debaten sus protagonistas —asesinato, idea de suicidio— emerge, en ocasiones, como fruto de una venganza contra la suma de malentendidos en los que se ven envueltos. En otras, como valores opuestos a los aceptados y aplaudidos por una sociedad que es el origen de todas las degradaciones. Sin embargo, de los hechos más aberrantes, de los escenarios más clandestinos, de los sentimientos más oblicuos, surge un fondo de pureza constituido por la ética personal, basada onettianamente en el compromiso que cada hombre adquiere y asume al dar su palabra. No se trata de una raíz moral, de la que algunos críticos hablan, sino de «otra» moral, hoy desprestigiada, donde el honor o el coraje, como en Jorge Luis Borges, dan consistencia y entidad incluso al peor de los mortales. Aunque negada, la salvación asoma por este lado y la acompaña una cuota de piedad y ternura ante la obstinación que cada uno pone en vivir, aun conociendo el inexcusable final.