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Un muerto en el baúl de la crítica

Flavio Lo Presti

Consultando el dossier fotográfico de La fascinación de las palabras, una entrevista que Omar Prego Gadea le realizara en vida a Julio Cortázar, uno puede encontrar una imagen que (entre caras destacadas del boom latinoamericano) guarda lugar para una mano solitaria y sin cuerpo de Onetti; en la fotografía siguiente, Cortázar habla con un Onetti invisible, intentando convencerlo de un reportaje.

No sabemos en qué medida ese autoexilio voluntario, ese rechazo a los juegos de la visibilidad literaria (que el autor uruguayo llamó "masturbatorios"") son responsables de que un escritor del tamaño de Onetti sea hoy una palabra extraña entre los lectores, y que su obra (de una dificultad que por momentos equipara la de su belleza) sea desconocida entre los estudiantes de literatura latinoamericana, como señala Fernando Colla en el prólogo al libro de Rogelio Demarchi.

Padre Brausen que estás en mi cama viene a recordar (con rigor y con inteligencia) que entre los grandes escritores latinoamericanos del siglo 20 existió un tal Onetti, el mismo que compuso la vasta saga de Santa María tirado en una cama en la que cedió al imperativo casi perverso (al menos en sus propios términos) de soñar un mundo completo.

Dos objetivos se plantea Demarchi: el análisis de los discursos críticos que se hicieron cargo de la obra de Onetti, y el estudio de las relaciones intertextuales entre los textos de la saga sanmariana, limitada por el autor a 18 textos indiscutiblemente ligados por una innumerable cantidad de alusiones y referencias cruzadas.

La segunda parte de su libro es, precisamente, la indagación de los cruces entre los relatos que componen la saga de Santa María, en defensa de una hipótesis que la divide en dos: un momento de crecimiento de la autorreferencialidad y el carácter metaficcional de la saga, en donde una poética de la ficción se opone a la posibilidad del conocimiento de lo real (y en donde la verdad naufraga en versiones y convicciones personales de los "notables" sanmarianos); un momento (a parir de 1973 y de La muerte y la niña) en el cual la historia de Santa María es fecundada de manera inédita por la historia política latinoamericana, con el advenimiento de la dictadura y un posterior incendio apocalíptico.

En el medio de la demostración de esta hipótesis (que devuelve sensibilidad social al monstruo autorreferente y literario que es Onetti como figura folklórica) Demarchi defiende exhaustivamente una secuencia para los sucesos de la imaginaria Santa María, negando que el establecimiento de una cronología carezca de sentido en virtud de las supuestas incongruencias temporales de la saga.

Disfrutar de esta segunda parte del libro requiere un conocimiento profundo de la obra de Onetti, y quizá pueda resultar más árida para un lector ajeno a los avatares de Larsen, Díaz Grey y compañía.

La primera parte, en cambio, pone en escena la mejor prestación de Demarchi como crítico: una indagación policial a fuerza de astucia, perspicacia, mirada microscópica y cruce de datos, que desnuda (como en un policial) la negación culposa de la obra de Onetti en el centro de la crítica latinoamericana. En este policial prestan declaración Piglia y Saer (vacilantes a la hora de definir la importancia de Onetti) y las figuras (ominosas) de Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama, que tienen desde ahora un muerto en un baúl.




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