Ya estábamos solos en la casa cuando le di la inyección al viejo recordando –u otro recordaba apoyándose cómodo dentro de mí– los cientos de inyecciones que yo había dado a borrachos, histéricas y accidentados en el Destacamento de Santa María, mientras esperaba que llegara un nebuloso médico forense o el doctor Díaz Grey, todavía soltero, despierto a cualquier hora y preguntando siempre, sin sonreír ni detenerse:
–Comisario. ¿Está seguro que vale la pena?
Y yo le repetía las palabras exactas del gastado juego que nunca pudo aburrimos:
–Es nuestro deber, doctor.
Y él hacía el trabajo necesario y pocas veces olvidaba seguir o terminar:
"Sus cuadros son malos. A veces me gusta el color, pero usted nunca aprendió a dibujar de verdad. Sin embargo, no obstante, ¿por qué no manda al diablo esta mugre y vive de limosna y recorre la costa con un caballete y una caja de pomos?"